Coste vs presupuesto en una reforma: por qué el bajo casi siempre sube

Hay un momento en toda reforma en el que tres presupuestos aterrizan en la misma mesa. Tres PDF abiertos en tres pestañas, tres empresas distintas, tres mediciones que se parecen tanto que el cliente las da por equivalentes.

La diferencia entre el más barato y el más caro es de dieciocho mil euros. Eso es un coche pequeño. Eso son las vacaciones del año que viene. Eso son los muebles del salón.

La pareja, racional, elige el más bajo. Lo hace cualquiera que mire tres papeles que dicen casi lo mismo. Si dos hacen lo mismo y uno cuesta menos, eliges el barato. Es lógica de primero de cualquier cosa.

Empieza la obra. Tres semanas dentro, llega la primera factura «extra»: 1.200 euros porque «al levantar el suelo hemos visto que había que reforzar el forjado». Cinco semanas dentro, otra: 800 euros porque «la instalación eléctrica estaba en aluminio, había que cambiar el cuadro».

Ocho semanas, otra: 2.400 euros porque «el albañil te ha consultado y has dicho que sí al gres de la cocina del catálogo nuevo, ese sube tres euros el metro».

Al final de la obra, las tres facturas extras suman casi veinte mil euros. Más que la diferencia inicial entre los tres presupuestos. El que parecía el más barato resultó ser el más caro.

Y la pareja, sentada otra vez en la cocina nueva, no entiende qué pasó. No los engañó nadie. Todas las facturas estaban justificadas. Lo que pasó es que compararon tres papeles distintos como si fueran el mismo papel.

Este es el Error 4 del banco de errores de ArquiSEJOS. El más caro de toda la lista, en estadística pura. Y el más difícil de ver hasta que ya estás dentro.

Coste y presupuesto no son lo mismo

Esta es la frase entera del error, dicha rápido: el coste de una obra lo decide la obra, no el contratista que firma el papel del principio.

El coste es lo que realmente va a costar hacer la reforma. Lo determina la realidad: qué hay detrás de la pared, qué materiales se eligen al final, qué imprevistos aparecen, qué cambios se piden sobre la marcha. El coste se sabe el día que termina la obra, no antes.

El presupuesto es lo que el contratista ha calculado y escrito en un PDF antes de empezar. Lo determina cuánto se ha mirado. Y cuánto se ha mirado depende del tiempo que el contratista haya dedicado, de la experiencia que tenga, y de lo que se haya dejado «por concretar».

La distancia entre presupuesto y coste no es un dato fijo. Es una variable que depende, casi por entero, de cuánto trabajo previo hubo antes de firmar el papel.

Cuando el cliente compara tres presupuestos por la cifra final, está comparando tres niveles distintos de trabajo previo. No tres precios para la misma obra.

Por qué un presupuesto bajo casi siempre sube

No es porque el contratista barato sea un estafador. La mayoría no lo es. Es porque hay menos información detrás de su número.

Para dar un presupuesto cerrado y ajustado, alguien tiene que haber ido a la casa, haber medido, haber hecho calas si era necesario, haber comprobado instalaciones, haber pedido referencias de materiales, haber calculado mano de obra desglosada. Eso son entre diez y veinte horas de trabajo no facturable que el contratista invierte antes de que el cliente le contrate.

El que dedica esas veinte horas, lo refleja en su presupuesto. El número final será más alto, pero la varianza posterior será baja: la obra terminará cerca de lo presupuestado.

El que dedica dos, lo refleja también. El número final será más bajo, porque no ha cuantificado los riesgos que aún no ha mirado. La varianza posterior será alta: la obra se irá hacia arriba conforme aparezcan cosas.

El cliente compara los dos números finales. Lo que en realidad debería comparar es cuánto trabajo previo hay detrás de cada uno.

Lo que diferencia un presupuesto detallado de uno vago

Un presupuesto serio se puede leer. Tiene partidas concretas, mediciones concretas, materiales con nombre y modelo, y dice lo que no incluye tanto como lo que sí.

Un presupuesto vago tiene una hoja. A veces dos. Las partidas son del estilo «albañilería» o «instalaciones», con un número total al lado. No dice mediciones. No dice marcas. No dice qué pasa si la pared está peor de lo que parece.

Estos son los seis elementos que separan un presupuesto leíble de uno que es una promesa con cifra:

  • Mediciones por partida: metros cuadrados de alicatado, metros lineales de rodapié, unidades de punto de luz, unidades de toma de agua. Si pone «alicatado» y un número, sin metros, no es un presupuesto. Es una estimación.
  • Materiales con referencia: marca, modelo, formato. «Gres porcelánico 60 × 60, Saloni Cement gris, 28 €/m²» se puede comparar. «Pavimento de primera calidad» no se puede comparar con nada.
  • Mano de obra desglosada: las horas de oficial y peón, separadas o en una partida que se pueda entender. No mezcladas con material.
  • Partidas alzadas, si las hay, con qué incluyen: una partida alzada de «instalación eléctrica» tiene que decir cuántos puntos de luz, cuántas tomas, qué tipo de cuadro. Si no lo dice, está abierta.
  • Lo que NO se incluye, explícito: muebles, sanitarios, electrodomésticos, decoración. Si no aparece la lista de exclusiones, esa lista la decidirá el contratista sobre la marcha. Y se decidirá a su favor.
  • Cómo se gestionan las modificaciones: a qué precio/hora se valoran los extras, qué tiene que firmar el cliente para aprobar un cambio, cuándo se factura. Si no hay procedimiento escrito, los extras se discuten con la obra parada. Y con la obra parada, el cliente firma cualquier cosa.

Si un presupuesto tiene los seis, está cerca del coste. Si le faltan tres o cuatro, no está cerca: está vacío en las zonas que cobrarán después.

Las tres preguntas que destapan un presupuesto incompleto

Si tienes tres presupuestos delante y no sabes cómo compararlos, hazle a cada contratista exactamente estas tres preguntas. Por escrito si puede ser.

1. «¿Habéis hecho calas? ¿Habéis mirado la instalación?»

El presupuesto que viene tras una visita de quince minutos no es el mismo que el que viene tras una visita con martillo y multímetro. La primera te da un número. La segunda te da un número cerca del coste.

Si nadie ha picado nada y nadie ha medido tensiones en el cuadro, todo lo que pase detrás de las paredes es extra. Y todo lo que esté detrás de las paredes tarde o temprano sale.

2. «Si aparece esto, ¿está incluido?»

Y le pones cuatro o cinco supuestos concretos. Cosas como:

  • «Si al levantar el suelo hay que nivelar más de tres centímetros, ¿está incluido?»
  • «Si la pared del baño no está aplomada, ¿el aplomado entra en el alicatado?»
  • «Si el bote sifónico actual no aguanta el lavavajillas, ¿el cambio entra en fontanería?»
  • «Si la instalación eléctrica no cumple el reglamento actual, ¿la actualización entra?»

Las respuestas te dan más información que la cifra final. Un contratista serio te dirá «esto sí, esto no, esto depende». Un contratista vago te dirá «eso lo vemos sobre la marcha». Apunta esa frase. Vale dinero.

3. «¿Cómo se valoran las modificaciones que pida yo durante la obra?»

Las modificaciones del cliente son la fuente número uno de extras. Cambiar un grifo, mover un enchufe, decidir un acabado distinto. Cosas pequeñas que suman mucho.

La pregunta correcta no es «¿cuánto cuestan?», porque dependerá de cada una. La pregunta correcta es «¿con qué precio/hora se valoran, y qué tengo que firmar antes de que se ejecute?». Si no hay procedimiento, hay carta blanca. Y la carta blanca no la firmas tú.

Cuándo sí tiene sentido el presupuesto más bajo

No todo presupuesto bajo es una trampa. Hay tres casos en los que es razonable elegirlo:

  • Industrial conocido con obra propia que defender: te lo recomendó alguien de confianza que ya tuvo obra con él, vive en el barrio, llama por teléfono y aparece al día siguiente. La diferencia de precio aquí refleja menos margen de empresa, no menos información.
  • Obra simple sin sorpresas: pintar, cambiar suelo flotante, montar mobiliario. Si no se abren paredes, los riesgos ocultos son mínimos y la varianza posterior baja. Aquí el presupuesto bajo es probablemente exacto.
  • Autónomo frente a empresa: un autónomo con buen oficio puede ser más barato que una empresa con estructura administrativa. El precio baja por menos overhead, no por menos calidad. Lo que pierdes es capacidad de respuesta ante imprevistos grandes; lo ganas es atención directa.

Fuera de estos tres casos, la cifra final del presupuesto no es la cifra final de la obra. Es la cifra del PDF. Que es otra cosa.

Lo que aprendió la pareja del principio

Vuelvo a la pareja de los tres presupuestos.

Cuando terminó la obra y sumaron, descubrieron que habían pagado 4.200 euros más que lo que les habría costado el presupuesto del medio. Y 800 euros menos que lo que les habría costado el más caro, que en realidad era el más completo y el que menos «extras» habría tenido.

La diferencia entre los tres presupuestos no era el precio. Era cuánto había mirado cada contratista antes de firmar. El más caro había hecho calas. El medio había hecho una visita larga. El barato había hecho una llamada y un PDF de una página.

No fue mala fe. El contratista barato no era un estafador. Era alguien que cobra las sorpresas a medida que aparecen, en vez de cuantificarlas antes. Su modelo de negocio es legítimo. Solo que el cliente no sabía que estaba contratando ese modelo.

Si tu reforma aún no ha empezado y tienes tres presupuestos sobre la mesa, no compares la cifra final. Compara cuánto trabajo hay detrás de cada cifra. Si uno de los tres es notablemente más bajo, no es buena noticia. Es una pregunta: ¿qué no han mirado?